No es que la tengamos clara, ni a palos.
La mayoría de los días caminamos con dudas
y con un ruido de fondo ensordecedor que nadie ve.
Tenemos noches en las que sabemos exactamente
qué no deberíamos hacer
y, obviamente, lo hacemos.
No es rebeldía.
Es impulso.
Es cansancio.
Es porque somos de carne y hueso.
Después, a la mañana,
volvemos a estar nosotros
y aparece esa pequeña incomodidad
que no destruye,
pero te recuerda que te corriste del eje,
que derrapaste.
No somos incoherentes todo el tiempo,
tampoco íntegros.
Y aceptar eso no nos hunde:
nos ubica,
nos libera,
nos da cierta paz.
Queremos una vida con sentido
y muchas veces elegimos distracciones.
Queremos vínculos profundos
y entramos en puertas que no nos llevan ahí.
Queremos serenidad
y nos aceleramos por dentro,
y eso se nota aunque lo disimulemos.
No es maldad.
No, no.
Es humanidad.
Decisiones que pateamos,
conversaciones que esquivamos,
mensajes que no deberíamos enviar,
hábitos que ajustar.
Y aun así, pese a todo,
muchas veces nos ganamos a nosotros mismos.
Porque al final no se trata
de no caer nunca,
sino de no mentirnos cuando caemos.
De no disfrazar lo que sabemos.
De no vivir negociando con eso que, en el fondo,
nos achica.
No somos lo peor que hicimos anoche,
pero tampoco somos lo que prometemos
y nunca intentamos.
Somos ese punto incómodo
donde elegimos mirarnos sin maquillaje
y, aun así, seguir caminando.
Y quizá vivir sea eso:
no la pureza perfecta,
sino la honestidad repetida.
Elegir un centímetro más de verdad hoy
aunque ayer hayamos derrapado.
Porque el barro no se evita.
Se atraviesa.
Y el hueso no es la culpa.
El hueso es la decisión silenciosa
de no acostumbrarnos a ser menos
de lo que sabemos que podemos ser.
