Hoy pensaba algo con el Bautismo. La lectura de hoy.
No como rito. No como una tradición.
Sino como una posición interior.
Jesús no fue al río por costumbre. No fue para cumplir un mandato.
Fue a pararse dónde sabía que tenía que estar.
Y nos pasa que cada vez que nos paramos donde sabemos que tenemos que estar —aunque nos cueste, aunque estemos cansados, o con miedos y llenos de dudas, aunque estemos desordenados por dentro—
algo empieza a acomodarse.
No mágicamente. Pero algo cambia.
Pero de verdad, he.
Se te aclara la cabeza.
El ruido baja.
Percibis una calma firme.
Sentís otra energía.
Para mí, el verdadero “bautismo” empieza ahí:
cuando dejo de buscar atajos,
cuando dejo de sostener imágenes que no soy,
cuando dejo de vivir para mostrar, para esperar reconocimiento,
vínculos que me apagan,
o mentiras que me van comiendo por dentro.
No es perfección. Ni a palos!
Es tratar de buscar un eje.
Querer salir del barro, aunque sea un rato.
Es volver al centro.
Una y otra vez.
Caigo, claaaaro… Me entierro hasta los codos. Como vos.
Todos los días. Una y otra vez.
Pero vuelvo a elegir levantarme.
Y dar lo mejor, sabiendo que me voy a volver a caer.
Ahí está la clave.
Jesús está para darnos una mano.
¡Vamos a aceptarla!
